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Sororidad y feminismo en El color púrpura

Actualizado: 20 de jun de 2020

Tengo tantas cosas qué decir sobre este libro que me quedo muda. Hay tanta violencia en él que esta lectora tuvo que tomarse varios respiros visuales e imaginarios. Intentaré, en este experimento de reseña verter mis pensamientos. Seré organizada, espero.

Estamos en la Norteamérica de principios de siglo XX, específicamente en Georgia rural, la cual se ubica en el sur del país. Si conoces un poco sobre la historia de la tierra del “sueño americano”, recordarás que esta región del país fue a donde llegaron a desembarcar los esclavos africanos para trabajar en los campos de algodón. Te sonará un poquito, quizás, la película de Django sin cadenas de Tarantino. Pues bien, imagina un espacio rural, lleno de fincas de algodón, tabaco y de más en el cual los afrodescendientes de estos esclavos ahora son “libres”. Y ubicamos a nuestra protagonista: Celie.

Ah, cómo quiero abrazar a Celie. Estoy segura de que quien haya leído El color púrpura está profundamente conmovido por la vida de esta mujer (ficticia). Y es que, cuando descubres página a página las desventuras, la tortura y el abuso tanto psicológico como sexual y doméstico, que pasan no solamente Celie, sino las mujeres de este libro, te das cuenta por qué se ganó un Premio Pulitzer (1983).


En El color púrpura hay varios temas que me gustaría destacar, y comenzaré por el del racismo:

En Estados Unidos de América, el tópico del racismo nunca se apaga. Y, en vista de los recientes acontecimientos de brutalidad policial no hace más que evidenciarlo. Se han dado pasos para vencer a este prejuicio, si se le puede llamar así, pero queda mucho todavía por hacer. Ya en 1983 nos los decía Alice Walker, autora del libro y activista por los derechos de la mujer de color, cuando nos transfigura esta problemática en forma de un texto epistolar. Nos lo dice muy bien uno de los personajes: “Dice ella que una margarita africana y una margarita inglesa son flores las dos, pero de diferentes clases”. Distintas clases que no pueden mezclarse, delegando a la margarita africana a un espacio cerrado, segregado y falto de recursos.


Es el racismo lo que conlleva a un sistema social económico deplorable. Al verse segregados por la figura de poder -el blanco, el inglés, el Estado y hasta los mismos pares-la persona de color pierde las posibilidades para prosperar, estancándose siempre en la misma categoría, a menos de que se someta a los abusos del que lo domina.

Sin embargo, Celie no sucumbió directamente al Blanco, sino que sufre las consecuencias de este sistema: es vendida por quien ella pensaba era su padre a un hombre, también de color, para trabajar como esposa, ama de casa, obrera y madre sustituta. Se preguntarán qué le deparará a Celie; pues se lo imaginan bien: un “matrimonio feliz”. Y aquí engrano el siguiente tema que aparece: la violencia doméstica e intrafamiliar, consecuencia de este pútrido sistema ocasionado por la segregación.


Había mencionado antes lo violento que es este libro, y ahora conocemos que lo es porque refleja relaciones de abandono, de violencia en la pareja, familiar y policial. Conocemos con todo detalle cómo las mujeres de el color púrpura dan honor al nombre del libro; están constantemente moreteadas, tanto física como psicológicamente.

Por supuesto, no quiero develar todas las escenas del libro en las que aparezcan estos tratos, no obstante, hay una que me resuena y es la que, creo, resume muy bien y lo dice el querido esposo de Celie: “¿Quién te has creído que eres? Tú no puedes maldecir a nadie. Mírate. Eres negra, eres pobre, eres fea, eres una mujer. Vamos, que no eres nada”.


El ser mujer en este libro es el equivalente al de la nada, al de el tapete pisoteado, al espacio vacío cuya única función es tener hijos, cuidar de ellos y atender tanto la casa como al marido. Aquí, la esencia de la mujer es definida por el hombre. Y es esto con lo que se enfrentan las distintas voces del libro. Voces que se unen para crear una comunidad: una sororidad en respuesta a los abusos del hombre. Vemos, en el caso de Sophia, una mujer fuerte, independiente y por lo tanto masculina, capaz de pelearse a pulso con su marido. Vemos a Shug, una cantante clasificada como una mujer de la mala vida solo por gozar libremente de su sexualidad y hacer lo que quería. Y vemos a Celie, víctima de abusos tanto familiares como domésticos y que evoluciona a mujer independiente, trabajadora y símbolo de templanza.


Todas ellas experimentaron malos tratos y son precisamente estas circunstancias lo que las obliga a encontrar un espacio empático entre ellas. Hallamos en el color púrpura una sororidad explícita, en la que la amante es capaz de cuidar los hijos de la esposa, sin reproche alguno. Y es que encontramos que las mujeres por ser eso, mujeres, no son capaces de confiar su vida a un hombre. La misma protagonista pierde la fe en Dios porque descubre que la imagen que tiene de Él es la de precisamente un hombre y, por lo tanto, es sordo a las plegarias de una mujer. No obstante, su fe se renueva cuando comprende que es un ser abstracto que está en todo.


Pienso que, más allá del racismo, el cual es un tema importante en este libro, es realmente el feminismo lo que atraviesa a la obra desde inicio hasta el final.

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